Un duper bocinazo de Vida Guapa®

7.07.2005

Siete Dioptrías 2: el regreso del ají

(En el capítulo anterior, Rod se percataba con infinita tristeza de que sus imprescindibles gafas habían desaparecido en el hostal más grande de Europa...)


Es increíble las cosas que uno puede llegar a pensar u olvidar cuando su mundo se encuentra, de súbito, invadido por borrosos vocablos alemanes y el acento chileno como única liga con algo familiar.


Como una molesta ironía del destino, la noche anterior había ido a dormir escuchando “It ain’t over ‘till it’s over” de Jenny Kravitz. Ahora mi Plan B™, recién delineado por las confusas formas trazadas por mis cachivaches regados por el suelo y los manchones de colores confusos en que se había convertido todo mi alrededor, estaba zanjado: cogería el próximo tren a Frankfurt, cambiaría el boleto de avión, y saldría de Europa tan rápido como me fuera posible. Con suerte, lograría llegar a México mañana mismo y olvidar que esto y todo lo demás había pasado. La gringa pacheca, las andaluzas escapistas, el australiano gay; todo podía olvidarse cuando mis gafas estaban perdidas.


El día que tomé el avión que me llevaría a Madrid, un mes antes, me percaté ya sobre el auto, a una cuadra de distancia de mi casa, que había olvidado en mi cajón las gafas de repuesto. Mi madre propuso regresar; yo, iluso yo, pensé que en Europa no habían gandallas. Un par de viajes nocturnos por Italia me ayudaron para darme cuenta de lo contrario. Así que había extremado los cuidados de los preciosos y cóncavos portadores de mi deleite visual: normalmente dormía con mis gafas bajo la almohada. Aquella noche en Berlín (en el Genereitor®, hostal más grande de la Europa Continental, por el bendito nazareno…), sentí la suficiente confianza para dejar las gafas en el locker (al cual no le puse candado, a cuyos primos españoles, italianos y checos no les había puesto jamás un candado) y dormir tranquilo. Menuda sorpresa cuando al día siguiente todas mis cosas están regadas como si alguien hubiese estado buscando algo más que unos lentecillos. Menuda sorpresa y menuda golpiza cerebral: ¿por qué demonios no hice por una vez en la vida caso a mi madre?


La escena del crimen era asquerosamente sospechosa. Como he dicho, mi locker jamás estaba resguardado por candado alguno; sin embargo, dentro de la Happy Talega® (mi backpack y única amiga durante dos meses de viaje) habían ciertos artículos de valor comercial, a saber: el discman de Soda, mi cámara fotográfica, varios CD’s, dinero en efectivo y varios artículos adquiridos durante el viaje, como tazas y afiches. Sin embargo, lo que faltaba de mis pertenencias eran tres cajetillas de cigarros, mi encendedor, mis guantes verdes, y, por supuesto, mis gafas. En otras palabras: si el villano hubiese sido un ladronzuelo arribista, hubiese podido tomar un montón de cosas antes que las gafas o que los guantes. Pero no: este crimen tenía una explicación quizá demasiado sombría (o sencillamente estúpida) que no admitía lógica formal alguna. El criminal tenía que ser un pervertido.


Yo volteaba el cuarto y lo reacomodaba en tantas posiciones fuera posible, incomodando con mi paranoia a los huéspedes: Chilenísimo Nacho® hacía medianos esfuerzos por buscar; la pareja de rusos recién llegada no podía creer que su primera experiencia en Berlín fuera un mexicano cateándoles las mochilas; la Cosa Esteuropea®, sentada cómodamente en el borde de su cama, nos observaba, y preguntaba con demasiada insistencia cuál era mi graduación.


“Siete dioptrías…

“¿En serio? Pruébate mis gafas.


Increíble. Las gafas de la Cosa Esteuropea® eran perfectas. De un empellón lo refundí en el rincón más oscuro de su litera y, armado con sus espejuelos, me di a la tarea de buscar los míos, hasta que de una patada en las costillas me hizo notar que ya me la estaba mamando. Así que me quitó las gafas, tomó su maleta, y, en un español perfecto, se despidió de nosotros. Pasaron los minutos y yo ya estaba resignado, doblando mis garritas para meterlas en Happy Talega®, para irme con ellas asta la ciudad más aburrida del mundo a esperar el vuelo menos excitante de la historia. Chilenísimo Nacho®, con su característico smart-ass-allure, no podía creer que esa fuera mi solución. “¿Pero cómo te vai a regresar a tu país sin haber conocido Parí, hueón? Si fuerai de regreso a Chile te juzgarían peor que a Pinochet, loco…”. Cierto: no conocía París, el Moulin Rouge y la tumba de Cortázar que tanto me había platicado el Porteño Escritor Judío®. Ni Ámsterdam, el barrio rojo y el Grasshopper. Ni Brujas y sus waffles. Me faltaba un mes de viaje, y no era yo un puñetero cualquiera que se las gastara dejando sus proyectos por la paz. No señor. O qué, ¿somos hombres o lechugas?


Existía la posibilidad de ir por el desconocido Berlín buscando una óptica en donde me hicieran unas gafas con la graduación más alta posible en una hora. Insisto: por el DESCONOCIDO Berlín y su Zoologistiker Garten, y su Warcshawer Strasse, y su Mitte, y su enormidad completita. Si de por sí estos nombres parecen conjuros diabólicos, tratar de descifrarlos con media ceguera a cuestas podría convertirse no sólo en una tarea de dimensiones inimaginables, sino en un suicidio romántico sin precedentes. La otra posibilidad era rogarle a Chilenísimo Nacho® que me acompañara en la búsqueda y sirviera de lazarillo; esta opción tenía inconveniencias clarísimas: primero, la carga moral que implica arrebatar un día completo en la vida de un ente (por más chileno que fuese, no merecía de un caballero como yo tan innoble injuria); segundo, soportar su ego y contemplar la posibilidad de que, en efecto, el vegetal se llamara “ají”; tercero, y peor, soportarlo en todo su acento. Dilema de difícil pero no imposible resolución.


Nos queda claro que estaba yo decidido por Frankfurt (“regresaré sin París, pero todavía con el chile”, me decía). Sin embargo, Chilenísimo Nacho® me recordó algo que no podía quedarse de lado: “Hueón, ni siquiera llevas una historia de faldas…”. Claro. Eso sí que no se me perdonaría; y no era como que la gringa Mary Jane, las gitanas o el exòtico gay fueran a merecerme el prestigio de la banda. Así que, demonios, tendría que soportar su acento y el juicio de la historia por ser el mexicano que había admitido que lo que llevamos siglos comiendo en realidad se llama ají. Me quedaban dos tranquilidades: por un lado, Chilenísimo Nacho® había encontrado una óptica muy prometedora, de nombre Glasses; por otro, por fin Santa Anna descansaría en su lecho de muerte: la traición de este pobre cojito sería un juego de Turista comparado con mi rendición incondicional del emblemático vegetal. *sigh*


Mientras circulábamos en el U-bahn (el otro nombre del metro, que hoy día tendría dificultad en la aplicación dada la reciente incursión del metrobus en nuestro panteón urbano), Chilenísimo Nacho® me recordó algo dolorosísimo.


“Hueón, ¿de dónde era el loco del idioma raro?

“¿El del cuarto? No sé… de algún lugar de Europa del Este… ¿Por qué?

“Hablaba español, ¿no?

Sí… ¿qué tiene?

“¿Recordai?... ¿Hijo de puta?

“¡Óyeme, recabrón! una cosa es que me hagas decir ají de aquí al fin de los tiempos y otra…

“No, no… ¿recordai que le llamaste hijo de puta?

“Pues sí…

“Te prestó sus gafas, ¿no?

“Sí, qué coincidencia, ¿no?... tener la misma graduación que un ucraniano… te digo que el mundo es una tanga brasileña…

“Mirai que sos imbécil, pendejo… ¿De casualidad recordai el color de sus guates?


Verdes. Sus guantes eran verdes.


Y las gafas que me “prestó” para “buscar” las que “no aparecían”… eran las mías.


¿Podrá Rod recuperarse de tan fuerte golpe al ego?

¿Se convertirá en la burla de sus cinco lectores?

¿En cuánto le dejarán caer las gafas nuevas?

¿El cambio de nombre se convertirá en el motivo de una guerra interlatina?

¿Terminará nuestro héroe hablando como chileno?

¿Se dará cuenta entre tanta ceguera de que el gorro que lleva para protegerse del frío tiene dibujado un símbolo demasiado parecido a la svástica nazi y de que está a punto de entrar al barrio judío en Berlín?

¿Logrará disfrutar el resto del viaje?

La respuesta a estas y otras preguntas, en el próximo post, a la misma bati-hora, por este su bati-blog.

2 Comments:

Blogger El Conde de Almaviva said...

Mirá que si tu escribes algo tarde, estoy peor que tu, leyendo a esta hora y, con todo y gafas, viendo bizco.

Pero, como me dijiste ayer, esto se está poniendo buenísimo, jejeje. Un día, de verdad, los voy a sentar a ti y a Rómulo a contar sus aventuras en el Viejo Continente... eso será muy divertido.

Un abrazo.

01:01

 
Anonymous Marco Antonio Macías (Athos) said...

Pues yo apoyo la moción del Señor Cortizo, y definitivamente seré el primero en presentarme en el lugar designado para tan grande encuentro de anécdotas europeas...

12:53

 

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