Un duper bocinazo de Vida Guapa®

6.30.2005

Siete Dioptrías

Hay dos clases de hijos de puta: los que rompen las muletas de un cojo con retraso mental, y los que roban los lentes de Rod.

Era el 2003. Yo y las flamantes gafas que materializaban mis siete dioptrías de miopía (sin olvidar a la huerfanita, la de astigmatismo), habíamos dejado a H. Universidad para ir a buscar suerte a las Europas. “Obsesión”, esa bonita cantata del Grupo Aventura, se convertía en un hit a nivel mundial (o cuando menos, entre la gente que no entendía cabalmente la letra…); la Nueva Guerra de Irak era el tema de moda; Berlusconi aplastaba insurgentes de izquierda – con respectivas pancartas de Marcos Skywalker- en la Piazza della Republica; y Rod salía de Praga tras la afrenta de un checo que consideró que “todos los mexicanos son gordos y morenos; además, no tienen dinero para viajar; tú debes ser catalán”. Las Europas: ese empedrado paraíso que huele a waffle (cuando no se pierde uno para terminar en los barrios-bajos-llenos-de-asquerosos-inmigrantes… ah, bendita marginación, nada se te escapa…), objetivo universal de los hippietecas y de quienes, francamente, encuentran en su entorno natural una pesera demasiado pequeña. El Nuevo Mundo de los nuevomunderos: sexo desenfrenado, drogas legales y chill out con actitud. La panacea de lo alternativo.

Eso, o la ñoñez desmedida de Rod. Había pasado más de un mes transitando por el Centro del Mapamundi® (sic), y mis ingresos sexo/filósofo/tertulia/anecdóticos dejaban mucho que desear. El Road-Trip que mi cabecita había urdido con maquiavélica dedicación (esa peli en donde Rod encontraba su destino con la forma de un café parisino y una mujer italiana) se había convertido en un pretexto. Después de que más de la mitad de mi viaje había transcurrido sin demasiada gloria, los ingredientes del anecdotario podían resumirse en pocas especias, a saber:

1. Bailar durante horas con unas andaluzas después de llagar a Sevilla demasiado tarde para conseguir hostal… y terminar durmiendo en una plaza, con insoportables Blue Balls®.

2. Poner el “Without you I´m nothing” de Placebo para intimar con una gringa en Viena, sólo para descubrir tras pulsar “play” que la gringa yacía profundamente idiotizada por los efectos del THC.

3. Pelearme con un australiano por los derechos legales de una cama en Florencia… sólo para descubrir que la disputa era el medio que el australiano pretendía usar para ligarme.

4. Caminar durante muchas horas por Ginebra en busca de la tumba de Borges.

5. Tomar la única fotografía de la represión de una marcha de partidos de izquierda en Roma.

En fin, no demasiado. Después de tanta peripecia, había llegado a Praga por casualidad: toda la belleza narrada por los fanáticos-colegas-latinoamericanos, así como el asqueroso clima de Viena, me habían empujado a un tren hacia Checa. A pesar del amor a primera vista que la ciudad de Kafka y yo habíamos hecho explotar, llegó, como siempre, el triste día de la despedida. Chilenísimo Nacho® (uno de Santiago que había conocido en Florencia y que el destino no me había permitido soltar a pesar de mis intentos por matarlo junto con su desmesurado ego e insoportable acento) y yo tomamos el tren hacia Berlín un miércoles a medio día; él, ansioso por mostrarles a las alemanas “lo que e’ vaila’ con ritmo, hueón”; yo, esperando que Berlín fuera un poco más de lo que se dice de los alemanes, y un poco menos de lo que había sido Praga.

De Berlín me habían contado muchas cosas, y la realidad es que sí tenía hartas ganas de conocerlo, para caminar sobre la línea que marcaba la tumba del muro, para pararme debajo de la puerta de Brandemburgo, para comprar un oso y para odiar a Hitler después de caminar por Orianesburg. Chilenísimo Nacho®, sin embargo, tenía otras intenciones: “mirai, hueón… poemo ir a checpointcharli, depué vamoa come… y luego vamo po unas minitas, a vailá y a sacá lo latino, hueón”. Como usted, yo nunca logré entender cabalmente. Después de hacerle saber una y otra vez (y así ad nauseam) que no sólo me resultaba incomprensible su acento, sino también repulsivo, sólo logré entender a base de señas que, tras recorrer miles de estaciones de S-Bahn (una de las dos traducciones alemanas de “Metro”) con trabalegüísticos nombres, nos dirigíamos al hostal más grande de la Europa Continental: el Genereeeiiitorrr (insertar luces de neón, hielo seco, y la mascota del hostal: un luchador con trenzas rubias, como de Baviera). El Genereitor® sí que era grande: algo así como doscientas habitaciones (cuando normalmente los hostels europeos tienen entre una y veinte), y contaba con un bar propio en la planta baja abierto no sólo a los huéspedes, sino al público general. Además, el ambiente era buenísimo (en el sentido teutón del término: harto punchis y un constante borbotón de chela). Por añadidura, era de los hostales más baratos de Europa. En fin, un primor.

Así que Chilenísimo Nacho®, su insoportable acento y yo, llegamos al hostal, nos instalamos, y, como buenos latinos (recordemos que la Venezuelan Gozadera® es una cosa que se mantiene encriptada hasta que uno sale de la región; entonces, el latinoamericanismo se convierte en folclor, y, así sí, todos bailamos re bien y caminamos como si estuviéramos en línea de conga), bajamos al bar a echar la chela y a ligarnos güeras. La empresa resultó medianamente exitosa: sí, bebimos harto; no, no ligamos güeras; y (rayos) la conversación giró en torno a un documental sobre el desierto de Atacama y las discrepancias entre los términos “chile” y “ají” (insisto: si nosotros somos los dueños simbólicos del vegetal, tenemos el derecho de nombrarlo como nos venga en gana, al margen de los intereses políticos de un país con tan feo acento). En fin.

Cuando dieron las tres de la mañana y nos dimos cuenta de que las pocas señoritas potables estaban ya muy empiernadas por los rincones, decidimos subir a la habitación. Al llegar, notamos que en la cama más cercana a la puerta dormía algo. Un compa, qué caray. Con la luz apagada y en puntillas, me puse mi pijama. Chilenísimo Nacho® se metió inmediatamente a su cama. Cuando yo escalaba la litera (literal: recordemos que soy un Chaparrito®, y que estamos hablando de literas alemanas), un estruendo me hizo desertar la empresa: tres canadienses con una auténtica Fiesta Latina™ (venían escuchando la mencionada “Obsesión” en un discman con bocinitas) encendieron la luz con terrible escándalo, despertando a la cosa que dormía cerca de la puerta. Como yo caí de la litera, acabé mágicamente junto a esta cosa. Los canadienses salieron inmediatamente, y entonces yo me sentí como niñera: la cosa (que acababa de revelar su procedencia esteuropea) se puso remilgosa, y con muy malos modos me hizo apagar la luz y cerrar la puerta para que pudiera volver a dormir.

Hagamos aquí un paréntesis. Hasta el día de hoy, no conozco a nadie a quien no le moleste que le truenen los dedos con ánimos de apurarlo para alguna cosa. Oquei. Imaginemos ahora a la Cosa Esteuropea® tronándome los dedos en son de “chíngale, cabrón, que es para ayer”. Rod, de por sí emputado por las chicas previamente empiernadas y por los canadienses y su Venezuelan Gozadera® de artificio, azotó la puerta y dijo en todo de sabelotodo: “Sí la cierro, pero no me truenes los dedos, hijo de puta”. Chilenísimo Nacho® se sobresaltó (a sabiendas de que mi odio por su acento era mayúsculo); yo le aclaré que estaba apaciguando a la Cosa Esteuropea®, que seguro no entendería, y que mejor ya se fuera a dormir y dejara de cometer injurias auditivas.

A la mañana siguiente, el contenido de toda mi maleta estaba desperdigado por el cuarto.

Pamplinas
Rayos
Centellas…

Mis anteojos (que no mis siete dioptrías) habían desaparecido!

¿Encontrará nuestro héroe sus preciados anteojos?
¿Será capaz de sobrevivir en un país extraño con una lengua extraña y dos clases de Metro?
¿Europa dejará algún día su manía por canciones de grupitos bachateros?
¿El acento chileno dejará algún día de ser tan espantoso?
¿Se dará cuenta Chilenísimo Nacho de que "chile" es un término que por naturaleza define un vegetal, y que su país tiene ese nombre por tener la forma del mismo?

La respuesta a estas y otras preguntas, en el próximo capítulo, a la misma hora y por el mismo batiblog…

3 Comments:

Blogger El Conde de Almaviva said...

¡Santas batichilísimas aventuras! Jejeje... Un día nos iremos a tomar un café con Rómulo para que conozcas las anécdotas que "Aquel Señor" te puede contar de su primer viaje a Europa.

Por mi parte, la Rep. Checa es uno de los lugares que muero por conocer; así como regresar a Viena e ir a la natal ciudad de Mozart, Salzburgo.

Esperaremos el siguiente capítulo. Saludos.

14:19

 
Blogger Ana Lucía said...

No dejemos que el señor Feben muera nunca: "caminamos como si estuviéramos en línea de conga". Dios, síguelo iluminando porfis!!! Y Lulú Marina corre a encender veladoras...

21:19

 
Blogger Ana Lucía said...

Feliz cumple!!! Espero que la fiesta haya estado muy bien...
Un año más de experiencia -o de edad-, pero uno más y cada quien va haciendo su propia colección.
Felicidades!!!

22:47

 

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